Sin duda que los años en terreno te terminan enseñando cosas con mucha claridad, como por ejemplo: antes de opinar, hay que observar.
En una operación de alimentación, muchas veces la primera impresión puede ser engañosa. Un indicador puede hablar de cumplimiento, un informe puede estar completo y un procedimiento puede hablar de lo que es el proceso.
Pero cuando uno recorre la operación, conversa con las personas y observa cómo realmente se hacen las cosas, aparece la realidad.
Se ve en los tiempos de espera.
En la forma en que se organiza una línea de servicio.
En una materia prima mal almacenada.
En productos en tránsito sin rotulación.
En una instrucción que cada turno interpreta de manera distinta.
En un equipo que resuelve todo “como puede”.
O, por el contrario, se ve en lo positivo: en una jefatura presente, en una cocina ordenada, en un equipo que sabe exactamente qué hacer y en procesos que fluyen sin necesidad de improvisar; un equipo cohesionado y comprometido.
La operación siempre dice la verdad.
Antes de decidir qué cambiar, hay que entender qué está ocurriendo.
Antes de diseñar una solución, hay que escuchar a quienes viven el proceso todos los días.
Y antes de intervenir, hay que distinguir entre el síntoma y la causa.
Muchas veces, las mejores decisiones no nacen de una oficina ni de una planilla. Nacen caminando la operación, haciendo preguntas y observando con atención.
Porque gestionar bien también significa saber mirar antes de actuar.
Aprendizajes que perduran.

